Cuidando la Comunicación

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Hijas de Eva

Escrito por cuidando-comunicacion 27-12-2010 en General. Comentarios (0)

 

Al hilo de la entrada anterior, he recordado un texto de José Saramago especialmente escrito para el disco Hijas de Eva de Pedro Guerra, publicado por BMG Music en el 2002.

«Yo escribo. Pilar escribe, traduce, habla en la radio, cuida del marido, cuida la casa, cuida de los perros, hace la compra, hace la comida, se encarga de la ropa, despacha la correspondencia, dialoga con el mundo, organiza el empleo del tiempo, acoge a los amigos que vienen a vernos, y escribe, y traduce, y habla en la radio, y cuida del marido, y de la casa, y de los perros, y sale a hacer las compras, y vuelve para hacer la comida, y escribe, y traduce, y habla en la radio, y se encarga de la ropa, y acoge a los amigos, y sigue, incansable, dialogando con el mundo, y dice “estoy cansada”, y luego dice “Pero no importa”. Yo escribo.»

 

http://cuidando-comunicacion.blogspot.es/img/Hijas_de_Eva.jpg  

Cerebro y Cerebra: emociones y comunicación

Escrito por cuidando-comunicacion 27-12-2010 en General. Comentarios (0)

  

Si le pusiéramos voz a nuestros cerebros descubriríamos hasta qué punto están marcados por su sexo y, según la doctora en psiquiatría Louann Brizendine1, nos podrían decir muchas cosas relacionadas con las emociones y con la comunicación, cosas como las que siguen:

 

«Hola, soy Cerebro López: en mi 8ª semana se registró en el vientre de mi madre un enorme aflujo de testosterona que me convirtió en un ser masculino; esta testosterona mató algunas células en mis centros de comunicación e hizo crecer otras más en mis centros sexuales y de agresión. Claro, luego resulta que voy a contar, desde mi infancia, con habilidades menos sofisticadas para resolver conflictos: por una palabra que digo, Cerebra dice tres; así, soy 20 veces más agresivo que Cerebra. ¡Si es que tengo la amígdala más grande! La amígdala, sí, la que registra el miedo y puede disparar la agresión. (…) En cuanto a las emociones, deciros que no disparan tanto mi ínsula como en Cerebra y prefiero activar mi pensamiento racional. Así, mi reacción típica ante una emoción es… la que es: evitarla a toda costa. Es que soy más torpe y lento para leerlas (las emociones) y me impaciento, y termino frustrándome. Por ello, cuando lo paso mal, ¿qué hago? Me pierdo, no lo comparto, y, es gracioso, creo que Cerebra quiere hacer lo mismo.»

 

«Hola, soy Cerebra Fernández: lo primero, deciros que estoy profundamente afectada por mis hormonas, de manera que se puede decir que éstas crean mi realidad, una realidad que en su faceta neurológica no es tan constante como la de Cerebro. En cuanto que el estrógeno me inunda, mi mundo se concentra intensamente en las emociones y en la comunicación. Soy sobresaliente en agilidad mental, en involucrarme profundamente en la amistad, en leer las caras y el tono de voz, y soy una máquina desactivando conflictos. (…). ¡Me interesa la expresión emocional!, tanto que me interpreto a mí misma basándome en la mirada, el contacto y cualquier otra reacción de la gente con quien me relaciono. Así me siento impulsada a analizar desde muy pronto la aprobación social de los demás. Desde niña me doy cuenta en seguida de cuándo se me está escuchando o no, de cuándo un Cerebro adulto me comprende o no. Si conecto, ¡uá! ¡qué éxito! ¡qué importante me siento! Si no, me siento fracasada. Si es que, ¡sí!, ¡soy una máquina construida para relacionarse! Ése es mi principal quehacer, ¡estoy programada para garantizar la armonía social! Por ello, prefiero evitar conflictos, porque me colocan en una situación difícil: quiero que sigamos conectados, y quiero tener por ello vuestra aprobación y vuestros cuidados. Uso el lenguaje para lograr el consenso y llego a influenciar a los demás sin decirles qué han de hacer. Mi agenda social, ya desde niña, consiste en formar relaciones estrechas y bilaterales. Mi agresividad, que también la tengo, es simplemente más sutil, más sofisticada.

En las dos primeras semanas de mi ciclo, el estrógeno es alto, y me siento más inclinada socializar y estoy más relajada en el trato con los demás. En las dos últimas, en cambio, la progesterona es alta, el estrógeno ha bajado, y es más probable que reaccione con irritabilidad, y lo que quiero es que me dejen tranquila.

La cosa es que, independientemente del momento, encuentro alivio biológico en compañía de otras cerebras porque el lenguaje es el pegamento que nos conecta: cuando converso, se me activan mis centros del placer, con un enorme flujo de dopamina y oxitocina. Sí, la intimidad me libera más oxitocina que refuerza mi deseo de seguir conectada.

Recordad que tengo por finalidad mantener las relaciones a toda costa. Cuando una relación está amenazada o perdida, se me caen en picado la serotonina, la dopamina y la oxitocina; en cambio, el cortisol sube como la espuma: me agobio, me siento sóla y temo el rechazo y una mayor soledad. Mi autoestima se crece con mi capacidad para conservar relaciones de afecto. Incluso frente al estrés, junto con la respuesta “combate o fuga” que comparto con Cerebro, tengo otra muy mía: es la de "cuida y busca amistades". Cuando mi respuesta es combate, mi circuito de la agresividad está mucho más ligado a las funciones cognitivas, emocionales y verbales que a las físicas.

¿Habéis oído hablar de las neuronas espejo? No sólo me permiten observar, sino también imitar o reflejar los gestos de la mano, las posturas del cuerpo, el ritmo de la respiración, las miradas y las expresiones faciales de otras personas como una forma de intuición, de lectura, de lo que otros están sintiendo. Ése es el secreto de mi intuición, mi sexto sentido, no hay nada misterioso en ello. Está estudiado que el simple acto de observar o imaginar a otro cerebro o cerebra en un estado emocional particular puede activarme automáticamente actitudes similares y, yo, en esto soy mucho más hábil que Cerebro… Para bien o para mal, desde mi infancia estoy programada para experimentar el dolor ajeno. En este sentido, sólo yo y no Cerebro, puedo sentirme cómoda junto a alguien que esté triste.

¿Cómo almaceno mis emociones? En forma de recuerdos en mi hipocampo. Mi amígdala se activa más fácilmente por los matices emocionales gratos e ingratos. Aunque tengo una relación menos directa con la ira. Cuando me muerdo la lengua para expresar mi enfado, no se debe sólo al respeto de las normas sociales; es efecto, en parte, de mis circuitos particulares.»

 

¡Cuántas implicaciones biológicas en la manera de sentir y comunicarnos entre unas y otros!

   Subrayar las diferencias entre sexos «al estilo Brizendine», estilo que combina sencillez con rigor científico, puede contribuir a una mayor justicia e igualdad de género al popularizar el conocimiento y la comprensión de lo que nos hace fuertes y vulnerables, de lo que apreciamos y lo que rechazamos, de cuáles son, de base, nuestras preferencias y prioridades: por ejemplo, si en la atención clínica el personal sanitario es consciente de la importancia del cuidado y del respeto de los aspectos emocionales en su relación con las personas, trascendiendo los aspectos meramente biológicos, se podría conseguir una sanidad más integradora y comprensiva con la realidad femenina, realidad tan proclive, cuando se ignora el mundo de las emociones, a la somatización.

   Delimitar de manera científica qué es lo que nos aporta el sexo, la naturaleza, y qué el género, los condicionantes socio-culturales, y cuáles son sus sinergias, nos puede hacer más objetivos, más justos y más realistas (también más humildes) en nuestras relaciones con nosotros mismos y con nuestro entorno, al tiempo que nos aleja de cualquier determinismo, ya sea de carácter biológico o psicosocial (pero también de cualquier generalización: somos seres únicos, cócteles neurohormonales exclusivos). No hay que olvidar, parafraseando a Goleman y a Brizendine, que nuestro temperamento no tiene por qué ser nuestro destino.

 

1.       Brizendine, L (2010). El cerebro femenino. RBA libros. Barcelona. 13ª Edición.