Cuidando la Comunicación

El silencio funcional


El estar unos meses sin subir una noticia me hace reflexionar sobre el silencio, sobre sus virtudes y sus miserias.

Está claro que gracias al silencio existe comunicación, se hace posible la escucha activa y se facilita un periodo de meditación sobre el mensaje que se ha recibido y que se pretende transmitir; permite la expresión no verbal y la atención a su lenguaje, es decir, al mundo emocional; es un signo de respeto, de consideración, de serenidad, de paciencia; es también un símbolo de confianza, de amistad: cuando están presentes en la relación, la ausencia de palabras no se vive con incomodidad («el silencio acostado» juega con las palabras Luis Gª Montero en una de sus últimas creaciones), permitiendo el descanso, la relajación, el replanteamiento, la re-creación...

Por otro lado, el silencio puede ser un signo de un estilo relacional pasivo caracterizado por actitudes como la de «no hablar por no molestar», o expresiones de indiferencia, de miedo, de sumisión, de derrota: decía Mahatma Ghandi que «lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena». En este sentido, el silencio también puede llegar a ser conspirativo en determinadas situaciones clínicas: para Arranz la conspiración del silencio es «un acuerdo implícito o explícito de alterar la información al paciente por parte de los familiares, amigos y/o profesionales sanitarios con el fin de ocultarle el diagnóstico y/o pronóstico y/o gravedad de la situación»*.

También en el ámbito sanitario Francesc Borrell distingue dos tipos de silencio, el funcional y el disfuncional, definiendo el último como ausencia de palabras o mensajes no verbales en un momento en que dicha ausencia perjudica el clima de concentración del consultante, o su capacidad de comunicarse de manera eficaz, y al primero como ausencia de palabras o mensajes no verbales cuyo efecto tiene un contenido claro para ambas partes: facilitar un espacio para meditar una determinada respuesta, o trasladar al consultante la responsabilidad de proseguir el diálogo**.

Cuidemos del silencio (el no pasivo ni conspirativo), hagámoslo presente de forma deliberada en nuestras interrelaciones, en nuestra vida, siempre que nos permita evaluar las circunstancias, la claridad de los mensajes, nuestro propio estado emocional, las emociones de los demás, los distintos climas relacionales, nuestro descanso, el descanso ajeno, el grado de amistad y el necesario sentimiento de conexión.


Pedro Ventura

*   Arranz P, Barbero J, Barreto P, Bayés R (2003). Intervención emocional en cuidados paliativos: Modelo y protocolos. Ariel. 1ª Edición.
** Borrell F (2004). Entrevista clínica. Semfyc. 1ª Edición.

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